Me desarrollé metida en una armadura de madurez que cuando crecí, empezó a quebrarse por todas partes.
De nena siempre me sentí madura para mi edad, me lo decían, yo hacía cosas para reforzarlo y me llenaban de elogios. Eso, durante muchos años, fue un orgullo para mi. Me hacía cargo de tareas y tomaba cartas en asuntos que no me correspondían, pero a eso lo entendí más adelante. Lo que tampoco sabía, es que esa fue la única forma que encontré de asimilar un entorno que no entendía y me generaba mucho dolor.
Yo, como muchas de nosotras, al sentirme tan terriblemente indefensa y vulnerable, creí que la mejor forma de afrontarlo era actuar como una adulta. Así, me volví ultramadura y responsable, me volví inteligente y práctica… Pero me olvidé de mi.
Este es el motivo por el que vemos mujeres agradables, funcionales, hegemónicas y exitosas que en el ámbito privado no logran sentir plenitud. Están sobreadaptadas a las demandas del entorno porque es lo que las ayudo a controlar todo ese dolor. Este mismo patrón me encuentro cuando hablo con ustedes, en sesiones y charlas.
En mi caso, empecé a actuar como adulta para sentirme menos sola y cuando los adultos me aprobaban, me volví adicta a sus elogios y entré en una espiral de autorechazo que me llevó muchos años entender. Enterré lo que sentía, lo invalidé, y me sobreadapté al entorno aplastando con mi dolor, todo mi potencial.
Cuando somos chiquitas, estamos absolutamente vulnerables a lo que pasa afuera. Vivimos cualquier cosa desestabilizante como amenaza para nuestra vida, y todo lo que pasa en esos momentos y las formas en las que respondemos al entorno quedan gravadas en nuestro inconciente en una especie de centro de cebolla, que con el tiempo se va cubriendo de más y más capas de personalidad, pensamiento y actitudes y nos olvidamos que todo ese dolor sigue ahí.
Para mí y para muchas de nosotras, esta aparente madurez es la forma que tenemos de controlar el entorno y manejar el dolor. Y sé cuanto duele escucharlo peroÑ Te convenciste de que maduraste rápido, cuando en realidad, cubriste tu dolor con aparente madurez y en el fondo seguís viviendo vos, chiquita, llorando, por todo lo que pasó.
Salir de ahí no es fácil, y es un trabajo para valientes. Asumir que tenemos un montón de cuentos armados sobre el mundo pero que en realidad, en el fondo estamos muertas de miedo de salir lastimadas, duele. Pero vos sos una niña que afrontó chiquita cosas mucho más grandes que ella, y sé que con esto vas a poder tambien.
El camino empieza de a poco. Hoy, cuestionate al menos una cosa que no te gusta hacer y la haces solo por agradar. Cuando empieces a verlo, vas a entender lo tan inconsciente que somos a la hora de aplastar nuestra autonomía. Y en el camino, eventualmente, te vas a encontrar con ese dolor enterrado. Es mucho, es abrumador, y vas a querer salir corriendo pero yo te digo: hay luz al final del túnel, y estoy para acompañarte.
Te abrazo,
Eve